Lucía Haydeé Eisenacht
“El 24 de marzo y yo”
Trabajo Práctico Nº 1
22 de marzo de 2006
En el aire se nota el deseo latente de retener en la memoria de todos lo que sucedió hace 30 años en nuestro país que, aunque algunos no lo crean, todavía derrama sus lágrimas por los desaparecidos.
No sólo los familiares de las víctimas de aquel genocidio o quienes lo vivieron como una experiencia propia, forman parte de ese hecho aberrante, sino cada uno de nosotros, simples componentes de la Argentina, que también adoptamos el dolor como en carne propia. Ya sea esto por la cercanía de algún caso de represión en particular o, simplemente, porque no somos indiferentes a lo que nos han ido contando como parte de nuestra historia nacional.
A partir de este aniversario, cada 24 de marzo, los argentinos vamos a interrumpir las actividades cotidianas (por haber sido declarado feriado nacional inamovible) para que, desde el lugar y la experiencia de cada uno, podamos recordar, rendir homenaje a quienes no callaron en aquel entonces y por eso cayeron, seguir exigiendo la justa condena para los represores responsables y lograr mantener viva la memoria en las nuevas generaciones.
¡Que la semilla de ese recuerdo dé fruto en nuestra actualidad para que, además de hacernos más fuertes frente al dolor, nos dé valor para no dejar de expresarnos y no escondernos nunca más!
María Laura Schaufler
TP: El Personaje Nº4
Fecha de entrega: lunes 10 de abril de 2006.
Taconeando a paso firme y pausado se acercaba al aula la directora de la escuela media del pueblo. Apenas llegaba a la puerta, los alumnos se levantaban de sus bancos para pararse a un costado de ellos. Una vez adentro de la sala, la temida directora miraba con sus ojos azules penetrantes a cada uno de los presentes. Rígida, se paraba frente a todos advirtiendo el momento del saludo; terminado el protocolo, nos daba la voz de mando: “Pueden tomar asiento”.
En el aula no volaba una mosca. Cualquier ruido hubiera llamado la atención de esa mujer de protuberante melena de rulos rubios y ya algo canosos, de nariz aguileña y boca sin sonrisas. Alta y delgada, aún creía conservar algunos encantos que tuvo de joven y así como prohibía el uso de minifaldas a las alumnas, ciertos días se daba el lujo de vestir una pollera que dejaba ver sus piernas cincuentonas.
De hecho, era más estricta con las adolescentes que con los varones: las retaba por su forma de sentarse, por mostrar los talones cuando usaban sandalias, por desabrocharse el guardapolvo cuando hacía calor, por usar musculosas. En fin, eran seguramente resabios que le habían quedado de una crianza machista y autoritaria.
La directora no estaba sola. La acompañaba su secretaria: petisa y gorda, mostraba una inminente calvicie que intentaba ocultar con permanentes y peinados con mucho gel y fijador. La secretaria era el ser más chusma y molesto de toda la escuela. No se callaba nada y cuando podía mostraba sus ínfulas de poder ante los alumnos y profesores. Con el mentón en alto, atravesaba el patio taconeando con su andar cortito y ruidoso, para llegar al aula a tomar asistencia. Para cada uno de los presentes tenía alguna palabra, alguna queja o algún reto. Si la ocasión lo propiciaba, hasta sacaba algunos trapitos al sol de los alumnos, que guardaba en su manga de vieja chusma. Eso sí: estos lujos sólo podía dárselos en ausencia de su superior, porque la directora nunca hubiese permitido que “la secretaria” se tomase tales atribuciones frente a ella.
Se odiaban entre sí, pero se necesitaban mutuamente. Ante cualquier disturbio, la directora mandaba a su subalterna a realizar tareas de espionaje para luego decidir si era necesario reestablecer el orden con una bien colocada amonestación. La secretaria accedía gustosa a tal tarea, espiando y escuchando tras la puerta en las aulas donde “ciertas” profesoras alentaban a los alumnos a realizar sus quejas ante el régimen despótico establecido. De lo que ésta no se percataba era que resultaba muy fácil descubrirla en tales ocasiones, porque su peso mismo no le permitía deslizarse suavemente hasta sus escondites.
Pensándolo bien, esa era su más importante labor en la escuela, ya que como secretaria no sabía siquiera prender una computadora, ni mandar un fax, menos un mail, ni atender al público. Y la directora lo sabía, por lo tanto no la soportaba.
Eran un dúo como pocos. Alguna vez recibieron los sobrenombres de: Don Quijote y Sancho Panza. La directora encarnaba al caballero, y en vez de pelear contra molinos de viento, renegaba contra cualquier cambio que los jóvenes querían implementar en el establecimiento. Para la secretaria, ya la denominación Sancho Panza encajaba perfectamente con su imagen: uno podía verla montada a un burro, cruzando el patio de la escuela, con sus piernas rechonchas colgando a los lados y llevando un sombrero sobre su cabeza. Además, tal como lo hacía Sancho, la secretaria se encargaba de advertirle al hidalgo (léase, la directora) ante cada situación.
Compinches pero enemigas, fueron las encargadas de gobernar aquella escuela, que no contaba más que con 100 alumnos, durante el lapso de una década.
TALLER DE ESPECIALIZACIÓN II : REDACCIÓN
TRABAJO PRÁCTICO Nº 3
FECHA DE ENTREGA: LUNES 03 DE ABRIL DE2006
ALUMNA: CECILIA MENDICINO
Un juego que todavía se vuelve a jugar:
Llegaban los viernes a la tarde, y comenzaba la diversión. Nos juntábamos todos los chicos del barrio, en la placita frente a mi casa… Éramos alrededor de doce cuerpitos, todos con muchas energías, que fueron guardadas durante la semana.
Las chicas comíamos girasol y hablamos sobre lo que había pasado durante la semana, en sí chusmeábamos. Ellos, como siempre jugaban al bolo, casi nunca nos invitaban a jugar con ellos. Pero cuando se cansaban de patear esa pelota amarilla fluor, siempre venían a nosotras, con una pregunta ya conocida por todas: ¿Qué vamos hacer?.
Primero, y como sucede siempre, los ignorábamos y nos resistíamos a responder su pregunta. Nos hacíamos las interesantes, no le dábamos ni bola y seguíamos con lo nuestro.
Hasta que nos cansábamos de su insistencia y los invitábamos a jugar con nosotras…¿Pero a qué?, siempre preguntaba uno de ellos.
Íbamos en ronda diciendo el juego, al que quería jugar cada uno. Era más que sabido que casi nunca nos poníamos de acuerdo…
Pero como en todos lados, aparecía la luz salvadora, que se prendía en la cabecita de alguno y proponía jugar al Rin-raje ¿Y como nos íbamos a resistir?
Ese rea nuestro juego favorito, creo que por el hecho de que nunca sabias que podía pasar…
Los chicos nos dejaban adelante, porque según ellos éramos “muy lentejas y nos iban a agarrar”, mientras ellos hacían un profundo análisis de cual seria la casa victima, nosotras ya nos reíamos de antemano.
¿Quién no jugo al Rin-raje, alguna vez?; ¿Quién no se divirtió?; ¿A quién nunca lo “pescaron”?.
La mayoría de mi infancia, y porque no decir hasta la actualidad, el juego que más me divertía y divierte es el Rin-raje. Cada vez que pasábamos por alguna casa, había un timbre que nos llamaba, y claro, era obvio que lo teníamos que hacer sonar… y correr hasta el cansancio…
El Rin-raje es un juego que siempre está dentro mío, que cada vez que la niña que llevo dentro quiere salir, este juego es una buena excusa…
TALLER DE ESPECIALIZACIÓN II: REDACCIÓN
TRABAJO PRÁCTICO Nº 6
ALUMNA: MENDICINO CECILIA
FECHA DE ENTREGA: LUNES 17 DE ABRIL
Luego de un día totalmente agitador, de idas y vueltas, de ir y venir, de estar con amigos charlando un poco sobre la vida, llegue a mi casa. Lo primero que hice fue bañarme y después acostarme a dormir.
Recuerdo que tuve un sueño muy extraño… a mi derecha sentada la Sra. Mirta Legrand, al frente el ex presidente, Carlos Menem. ¿Qué carajo hago acá?, pensaba yo en mi sueño.
Al terminar las presentaciones formales, como sucede en todos los programas de La Chiqui, se realizo la presentación del plato del almuerzo: la verdad que no recuerdo ni como se llamaba, ni que cosa era lo que estaba comiendo; ¿no era mucho más fácil y rico una buena hamburguesa con papas fritas y una coca?.... Bué; la cuestión es que comenzaron a dialogar Mirta y Menem sobre cosas de política, que la verdad a mi me daba lo mismo, ya que mucho de ese tema no sé, y de hecho no me interesaba saberlo tampoco.
Estuvieron hablando un rato largo, mientras ellos discutían, yo miraba el estudio, los camarógrafos, los iluminadores, los apuntadores y pensaba para mí ¿Qué programa de mierda, que hago yo acá?, era una pregunta que me carcomía la cabeza y no podía pensar en otra cosa más que en eso, es que era algo que no me podía explicar.
Luego y todavía no me explico como salió el tema del fútbol, en realidad, salio el tema del Club Atlético River Plate. Pues la cuestión es que mal, que mal pude entrar en la discusión. Y le decía al ex presidente que el mejor River que había visto era el de cuando estaban los tres mosqueteros: Saviola, Aimar y Ángel, él con esa voz y ese acento tan particular, me discutía ferozmente que no, que para él, el mejor River lejos, era cuando estaba el Enzo Francescoli. La Chiqui, se atenía a todo comentario, y claro que podía opinar ella sobre fútbol, si de pedo sabe de que color es la camiseta de Racing.
Cuando nos fuimos al corte, me dieron ganas de ir al baño, y como para que no, si esa comida era repugnante… Tuve que hacer mis necesidades en menos de cinco minutos. Encime cuando llegué a la mesa, el programa ya estaba en el aire, la cara de Mirta cuando me acerque para sentarme en mi lugar fue mortal, me miro con una mirada fulminante, que yo no sabia donde meterme… No pronuncie casi palabra, quería pasar lo mas desapercibida posible, pero con sólo dos invitados era imposible.
Creo que acoté dos o tres cosas más, y cuando quise abrir la boca nuevamente para decir una pelotudez, salió desde lo más profundo de mi ser un gran eructo, similar a los de Barnie de Los Simpson….
Gracias a Dios y en ese preciso instante, sonó mi despertador, y me levantó de esa pesadilla, me salvo de esos dos montruos.